Fui a donar óvulos y encontré una realidad que me echó para atrás

Es brasileña, tiene 31 años y un hijo pequeño. Se le tuerce la sonrisa mientras leemos juntas los riesgos de la intervención: hemorragias, infección genital, punción de un asa intestinal, torsión ovárica, desgarros… y los peligros propios de una anestesia general. Nos acabamos de conocer. Las dos estamos en la sala de espera de una conocida clínica de reproducción asistida, dándole vueltas a los pros y contras de donar nuestros óvulos.

Yo ya me había decidido a compartir un trocito de mí con otra mujer; me había acostumbrado a la idea de que, en unos años, cualquier criatura que me cruzase por la calle podría tener mis genes sin que yo lo supiera. La paranoia que podría entrarme muy de vez en cuando no sería nada al lado de la enorme felicidad que yo podría darle a una mamá, a una de esas que ponen todo su dinero, tiempo y esperanza en largos tratamientos para conseguir un bebé. Quién sabe si, en el futuro, soy yo la que lo necesita. Le haría un favor a alguien, me aseguraría de que estoy completamente sana y, sobre todo, tendría un ingreso extra. ¿Por qué no? Pero ahora, con la letra pequeña delante, la decisión no está tan clara.

La diferencia para la brasileña –no diré su nombre por razones obvias– es que ella necesita el dinero. “Con urgencia”, me confiesa, mientras juega nerviosa con el boli. Acaba de salir de la segunda consulta y tiene que empezar a firmar consentimientos.

En España, está prohibido vender óvulos. La ley que regula las técnicas de reproducción asistida indica que la donación debe ser un acto gratuito y altruista, y que nunca podrá tener un carácter lucrativo o comercial. Sin embargo, la misma norma contempla una “compensación económica resarcitoria” para las donantes, por las molestias físicas y los gastos laborales y de desplazamiento que supone el procedimiento. Cada clínica de fertilidad puede decidir la cuantía con la que compensará a las donantes, dentro de unos límites fijados por el Ministerio de Sanidad, a través de la Comisión Nacional de Reproducción Humana Asistida.

“Haz realidad el sueño de una familia y recibe una compensación económica”. Algo así decía el anuncio que ha estado apareciendo en mi tablón de Facebook durante todo el verano. ¿Suena perfecto, no?

Aquí las preguntas las hago yo

Llamé a una clínica que está cerca de mi casa para solicitar más información –médica y financiera–, pero la recepcionista me dijo que solo atendían consultas de forma presencial. Así que aquí estoy, dos días después, para hablar con la ginecóloga. Al entrar, he visto una sala de espera monísima, con sofás de colores y estanterías llenas de libros. Pero a mí me han llevado a otra distinta, atravesando una puerta en la que decía “Acceso restringido: No pasar”. En esta sala, que en realidad es solo un ensanchamiento del pasillo, solo cuatro sillas de plástico, tres revistas de marujas, la brasileña y yo. Antes de saber si ella ha firmado, me toca entrar en la consulta.

–Buenos días. Me gustaría conocer mejor el procedimiento de extracción de óvulos y cuánto dinero se…
–Espera un momento –me interrumpe–. Vamos a hacerlo al revés, si te parece. Primero hago yo las preguntas, te exploramos mediante una ecografía vaginal, y después, si eres apta, resolvemos cualquier duda que tengas.

La señora me desarma, y no puedo más que afirmar con la cabeza. Después de charlar sobre mi estilo de vida, mi nivel de estudios, mis relaciones sexuales, mis antecedentes familiares y mis características físicas –porque es importante que mis óvulos vayan a una mamá parecida a mí–, me desnudo de cintura para abajo y me abro de piernas, sin tenerlo planeado. Ella señala mis ovarios en la pantalla y me dice que tengo una buena carga folicular. Eso es bueno. Dentro de los folículos es donde se forman los ovocitos.

Ya vestida, la doctora me explica que la donación es anónima. Nadie sabrá que los óvulos son míos y yo ni siquiera sabré si de ellos ha salido un bebé, o dos, o tres, o ninguno. Así lo obliga la ley: donante y receptora no pueden tener ningún tipo de contacto. Quizá por eso la clínica tiene dos salas de espera separadas, una básica para los proveedores y una premium para los clientes.

Después, la ginecóloga me aclara los detalles del procedimiento. Primero me harían un estudio médico y psicológico, y un análisis genético para confirmar que no tengo enfermedades hereditarias. Si paso las pruebas, tendría que ponerme unas inyecciones de hormonas durante diez días para desarrollar más óvulos. Y luego, en la fecha acordada, me los extraerían mediante una punción de los folículos. Se hace a través de la vagina, así que no quedan cicatrices. La intervención dura un par de horas y ese día tendría que guardar reposo absoluto.

–¿Con anestesia general?
–No, solo es una sedación –el contrato de la brasileña no dice lo mismo–.
–¿Y los riesgos?
–Mínimos. El más frecuente es la hiperestimulación ovárica, una respuesta exagerada al tratamiento hormonal, que en casos graves supone acumulación de líquido en el abdomen, alteraciones de la coagulación sanguínea, de la función renal y la hepática… Pero eso es muy excepcional.

La documentación que me entregan después habla de hiperestimulación grave en un 1% de los casos. Un 1% no me parece tan excepcional. Ya no me siento tan generosa.

Los huevos de oro

Me da la sensación de que es un tabú para ella, así que decido sacar yo misma el tema.

–Bueno, y… ¿de cuánto es la compensación económica?
–Son 950 euros por la primera extracción de óvulos. Si decides hacer el procedimiento por segunda vez, te abonarían 1.000 euros más.

Me marcho de la consulta con la decisión tomada. Lo siento por las madres que esperan bebés y por mi cuenta corriente, pero mi generosidad y mi avaricia juntas –qué ironía– no son suficientes para asumir los riesgos del tratamiento hormonal y de la intervención. Me sentiría como una gallina con huevos de oro, a la que van a destripar.

No me gustaría desanimar a las valientes que estén planteándose la donación. Aunque, para no ser hipócritas, quizá deberíamos empezar a hablar de venta de óvulos. ¿Cuántas mujeres se someterían a ese proceso si no estuviese remunerado? El 40% de todas las donaciones de Europa se producen en España. ¿Somos más solidarias o necesitamos más el dinero? Puede que un poco de ambas cosas, porque también estamos entre los países con más donantes de órganos, o de sangre, aunque para eso no hace falta anestesia, ni hormonas, ni tubos en la vagina.

Cobrar por tus óvulos no es, pienso, ni bueno ni malo. Pagar por ellos tampoco. Pero no deja de ser un mercado, aunque esté regulado. Si la compensación económica fuese realmente resarcitoria, me habrían preguntado a cuántos kilómetros vivo de la clínica o si tengo un empleo en el que vaya a ausentarme, para calcular el coste real en lugar de ofrecerme la tarifa estándar. Es un mercado, y no es pequeño. En España hay alrededor de 200 clínicas donde realizan miles de tratamientos de reproducción asistida cada año. Para conseguir espermatozoides, ya conocemos el procedimiento. Y no tiene ninguna dificultad –por eso a ellos les pagan veinte veces menos–. Pero los ovocitos sanos, de mujeres jóvenes, son como piedras preciosas: muy escasas, difíciles de extraer y con un valor incalculable. Bueno, incalculable no. Que son mil euros.

Fuente: http://www.codigonuevo.com/fui-a-donar-ovulos-y-encontre-una-realidad-que-me-echo-para-atras/

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